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¿Desde cuándo se comen las 12 uvas de Nochevieja en Euskadi?

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

En los años 20 se celebraban las campanadas de Nochevieja con cohetes, petardos y numerosas ráfagas al aire de armas de fuego.  Para comprobarlo no hay más que ir a la hemeroteca, donde se pueden encontrar numerosas alusiones a los desmanes que, con ocasión de la salida y entrada del año, ocurrían anualmente en los municipios vascos debido a la posesión de escopetas y pistolas.

El objetivo era hacer ruido y no matar nadie, obviamente, pero a veces la cosa se iba de las manos y no era raro que algún transeúnte acabara herido por alguna bala perdida, de modo que en 1920 por ejemplo el alcalde vitoriano Herminio Madinaveitia dio órdenes terminantes «para evitar que se dieran escándalos en Noche Vieja y días sucesivos». En el consistorio bilbaíno, por su parte, se intentó poner coto a estos sucesos dictando diversos bandos municipales como el del 30 de diciembre de 1924, en el cual el regidor de entonces Federico Moyúa previno a los vecinos de que se castigaría «a cuantos saliéndose de los límites de lo correcto en esta clase de festividades tiraran botellas, bombonas, petardos o disparos en la vía pública».

Las tranquilas celebraciones de antaño, limitadas al hogar familiar o como mucho al balcón, se habían salido de madre. Las cencerradas, caceroladas o canciones pícaras del siglo XIX habían dado paso a grandes jolgorios públicos que, curiosamente, coincidieron con la adopción de la costumbre de tomar las doce uvas como símbolo de buena suerte.

Leyendas urbanas

Destierren de su mente de una vez por todas la leyenda urbana del excedente de uvas de 1910: la tradición de tomar esta fruta en Noche Vieja se conoce desde al menos el año 1892 y de Madrid, donde se originó, fue expandiéndose por España y Latinoamérica. El ritual de las uvas hizo fortuna gracias a la atribución de ciertas creencias supersticiosas pero sobre todo porque la moda de comerlas al ritmo de las campanadas de medianoche daba pie a situaciones divertidas. Más aún cuando a comienzos del siglo XX se comenzó a acudir a la Puerta del Sol a comerlas al ritmo del Reloj de Gobernación, costumbre que pronto fue imitada en muchas otras ciudades.

Como entonces no había retransmisión de las campanadas por radio ni televisión, en cada lugar se eligió un reloj concreto como emisario del nuevo año, y en sus alrededores se montaba una fiesta con gran afluencia de público. En Vitoria la campana elegida fue la de la iglesia de San Miguel Arcángel y en Bilbao, la de San Nicolás.

En la capital alavesa ya era costumbre celebrar la Nochevieja con vino caliente, de modo que a este rito tan sólo hubo que añadir otro producto de la vid, las doce uvas que tan pronto como en 1915 ya fueron tildadas de «tradicionales» en la prensa vitoriana. No faltaban en los cotillones privados, como el del Casino Artista, ni en las funciones de fin de año en el Ideal Cinema o el Teatro Príncipe.

En Bilbao tardaron más en adoptar el rito de las uvas y no lo encontramos más que a partir de la década de los 20, época en la que definitivamente se sustituyeron las fiestas de ámbito familiar por otra multitudinaria y de carácter casi oficial en el paseo del Arenal. Tal y como cuenta un artículo en el diario ‘Heraldo Alavés’ del 2 de enero de 1928, en torno a las once de la noche se congregaba un gentío importante en torno a San Nicolás y de allí, ocupando todo el paseo, hasta el ayuntamiento bilbaíno «iban afluyendo grupos de gente en actitud bullanguera armados de guitarras, acordeones y otros instrumentos democráticos contribuyendo cada uno de ellos a la baraúnda formidable que allí reinó durante unas horas».

Lo que unos pocos años antes había sido una fiesta testimonial había ido llamando la atención del público bilbaíno, y «los que acudían en calidad de espectadores convirtiéronse también en actores y el espectáculo cobró las proporciones pintorescas que tuvo el de esta Noche Vieja y el de la del año pasado».

En 1923, por ejemplo, se subrayaba en el ‘Noticiero Bilbaíno’ que «cada año se generaliza más la costumbre de comer uvas con la esperanza de lograr la felicidad en el nuevo año» y que esta fruta se encontraba a disposición de los compradores que quisieran probar suerte en los diversos puestos de frutería del mercado. ¿Ya tienen ustedes sus racimos preparados?